Los cúmulos de las grises nubes, un cielo que te pedía a gritos una sonrisa, la ventana cerrada por que el agua parece entrarse por cualquier lugar donde se le deje pasar.
Te miro, nos miramos, juntamos el objetivo de nuestros ojos el mismo punto, como una cita acordada, coinciden en tomar un café, en caminar un rato bajo el atardecer, todo sucede en un segundo, la noche sacude aquella utópica cita en cada parpadeo, y descubre un nuevo día con el brillo de tu mirar, pasan mil años tal vez, que dejamos que nuestros ojos digan aquello que nuestros labios nunca dirán.
Acelerada respiración, pero controlada para no ser vista, una mano que trata de ser centro de atención, para comprobar si aquello no es mas que coincidencia, pero la mirada sigue fija, los ojos quietos y relajados que sin labios sonríen.
Y mientras mas te miro, mas me miras y entre miradas descubro que el punto de mirar no es más que el reflejo de un sueño. Aquel sueño que un día, por una ocasión, soñamos los dos.
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