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martes, 2 de abril de 2013

Despierto.

No puedo escribir, así es, no puedo. En este mismo instante, mi mente me levanto de un sueño decidida a escribirte, mi mente, animosa, llena de aquello que la hace feliz, decidió escribirte. El reloj, miraba de reojo, las agujas parecían detenerse, y después seguir corriendo hasta llegar al punto donde se volvían lentas, Las paredes, de alguna manera parecían inclinarse, La lluvia, que antes azotaba mi casa, esas pequeñas gotas que antes castigaban con dura presión, caían despacio, tal vez para no distraer, a mi ya distraída mente. No, no puedo escribir. Mi mente, víctima ahora de un publico exigente, necesitaba complacerles, necesitaba hacer su cometido: Escribirte. El reloj, enteramente detuvo su trajín, al igual que la lluvia, las paredes llegaban a formas un triángulo. Todo estaba listo para aquella primera palabra la palabra que comienza la batalla de la tinta con el papel esa batalla con causas diferentes, pero mismos caballeros, Mi mente, pensó, dio vueltas con la pluma. Ninguna idea, escribirte, no puedo. Todo aquel público, expectante, aguardaba en silencio, pero impulsivamente, algo mi mente, en presión, temblaba no encontraba palabras. Si escribirte, fácil fuera, mi mente no divagaría. Cuando colocaras la primer palabra, le decían, Tengan paciencia les decía, El corazón, nuevo ayudante infiltrado de la mente, intentaba ayudarle, pero ambos, concentrados en esa ardua misión, no lo conseguían. En aquel extraño espectáculo se encontraban, el público apunto de retirarse, la aguja más pequeña del reloj dio un paso, cuando, tan necia es mi mente, que ideas no tiene, pero te tiene a ti. Ya se que escribir, continuo la mente, Ya se que escribir, prosiguió el corazón.

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